Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés Una vez, sin embargo, la tentación fue demasiado fuerte. Una niña de cuatro años, con sus bucles de oro, le miró con sus lindos ojos azules y le pidió un Cooper. El Cooper fue lanzado a la niña, que lo recogió dando un grito de alegría. El conde Asthon oyó este grito. Cogió a su groom en flagrante delito de caridad.
—¿Qué te has permitido, boy? —preguntó.
—Señor conde… Esa niña… le causa tanta alegría… nada más que un Cooper.
—Como te los arrojaban a ti cuando pedías por los caminos, ¿no es verdad?
—¡No!, ¡jamás! —dijo Hormiguita, rebelándose como siempre que se le acusaba de haber mendigado.
—¿Por qué has dado limosna a esa mendiga?
—Me miraba… Y yo a ella…
—Te prohíbo mirar a los chicos que andan por los caminos. Tenlo por dicho.
Y Hormiguita debió obedecer, pero muy indignado por aquella dureza de corazón.
Si Hormiguita se vio obligado a encerrar en sí mismo la conmiseración que le inspiraban aquellos niños, si no se arriesgó más a darles algún Cooper, presentóse una ocasión en la que no pudo contener su primer impulso.