Aventuras de un niño irlandés

Aventuras de un niño irlandés

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VI

DIECIOCHO AÑOS ENTRE DOS

CUANDO el conde Asthon, el picador y sus perros desaparecieron, respiró Hormiguita con una satisfacción que quizás no había sentido en toda su vida. Y se puede afirmar que Birk hizo otro tanto cuando Hormiguita aflojó las manos con que le oprimía el hocico, diciéndole:

—¡No ladres, no ladres, Birk!

Y Birk no ladró.

Era una fortuna que aquella mañana Hormiguita, decidido a partir, se hubiera puesto su antigua ropa, hecho su ligero equipaje y llevado la bolsa de sus ahorros. Esto le evitaba el disgusto de volver al castillo, donde el conde Ashton no tardaría en saber a quién pertenecía el matador del pointer. Como hubiera sido recibido el groom, se supone. Verdad es que el no volver le costaba sacrificar el sueldo de quince días que contaba con reclamar. Pero prefería resignarse a este abandono. Estaba fuera de Trelingar-Castle, lejos del joven Piborne y del intendente Scarlett. Su perro estaba con él, y no pedía más; sólo pensaba en alejarse lo más pronto posible.


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