Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés DIECIOCHO AÑOS ENTRE DOS
CUANDO el conde Asthon, el picador y sus perros desaparecieron, respiró Hormiguita con una satisfacción que quizás no habÃa sentido en toda su vida. Y se puede afirmar que Birk hizo otro tanto cuando Hormiguita aflojó las manos con que le oprimÃa el hocico, diciéndole:
—¡No ladres, no ladres, Birk!
Y Birk no ladró.
Era una fortuna que aquella mañana Hormiguita, decidido a partir, se hubiera puesto su antigua ropa, hecho su ligero equipaje y llevado la bolsa de sus ahorros. Esto le evitaba el disgusto de volver al castillo, donde el conde Ashton no tardarÃa en saber a quién pertenecÃa el matador del pointer. Como hubiera sido recibido el groom, se supone. Verdad es que el no volver le costaba sacrificar el sueldo de quince dÃas que contaba con reclamar. Pero preferÃa resignarse a este abandono. Estaba fuera de Trelingar-Castle, lejos del joven Piborne y del intendente Scarlett. Su perro estaba con él, y no pedÃa más; sólo pensaba en alejarse lo más pronto posible.
