Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés Son los tales, niños huérfanos o abandonados por sus padres, que la mayor parte no han conocido. Nacidos en el arroyo y recogidos de las calles, a las que volverán cuando tengan edad para trabajar.
¡Qué degradación moral! ¡Qué aglomeración de larvas humanas destinadas a convertirse en monstruos!, porque de aquellos granos arrojados al azar entre las piedras, ¿qué podrá salir?
En la escuela de Galway había unos treinta, de entre tres y doce años, cubiertos de harapos, siempre hambrientos, puesto que sólo de los restos de la caridad pública se alimentaban. Algunos estaban enfermos, y como acabamos de ver, estos niños daban un gran contingente a la mortalidad, lo que no era una gran pérdida a juicio del médico.
Razón tenía éste, si ningún cuidado, si ninguna moralización había de impedirles ser unos malhechores. Pero, bajo aquella triste envoltura hay un alma, y con mejor dirección se podría encaminarles a la senda del bien. En todo caso, necesarios sería para educarles otros preceptores, y no uno de esos maniquíes de los que mister O’Bodkins nos ofrece el deplorable tipo, y que no es raro encontrar hasta en lugares que no son los condados de Irlanda.