Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés Se conoce el tipo original que recuerda este mister O’Bodkins, y no merece ser clasificado entre los bienhechores de la raza humana. Un hombre pequeño y grueso, de esos solteros que no han sido jóvenes nunca, y que tampoco serán viejos, que han sido siempre lo mismo, con cabellos que ni se caen ni emblanquecen, y que parecen haber nacido con anteojos de oro; que tienen el corazón necesario para vivir, y a los que jamás ha conmovido un sentimiento de amor, de simpatÃa ni de compasión. Uno de esos seres ni buenos ni malos, que pasan por la tierra sin hacer bien, pero tampoco sin hacer mal, que no son jamás desgraciados y menos con la desventura del prójimo.
Tal era O’Bodkins, y hay que convenir en que habÃa nacido precisamente para ser director de una Ragged-School.
Ragged-School es la escuela de los andrajosos, y se ha visto qué admirable exactitud, qué cuenta más precisa del debe y haber atestiguan los libros de mister O’Bodkins. TenÃa éste por auxiliares una vieja, la tÃa Kriss, aficionada al tabaco, y un antiguo pensionista de dieciséis años, llamado Grip. Era éste un pobre diablo de buenos ojos, fisonomÃa jovial, nariz arremangada, signo caracterÃstico de la raza irlandesa, y valÃa infinitamente más que las tres cuartas partes de los miserables recogidos en aquella especie de lazareto escolar.