Aventuras de un niño irlandés

Aventuras de un niño irlandés

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Sin embargo, no iban al azar. Pensó en volver a Kanturk, o a Newmarket. Conocía los dos pueblos; uno por haber vivido en él; el otro por haber ido a él acompañando varias veces al joven Piborne. Pero esto hubiera sido exponerse a encuentros que le convenía evitar. Así pues, sabía lo que se hacía bajando hacia el sur. Primero se alejaba de Trelingar-Castle en una dirección en la que no se pensaría en perseguirle; y después, se aproximaba a la capital del condado de Cork, en la bahía de este nombre, una de las más frecuentadas de la costa meridional. De ella salen barcos… barcos mercantes… grandes, de verdad, para todas las partes del mundo, y no barcos de pesca como en Westport o Galway. Esto atraía siempre a nuestro héroe: el irresistible instinto del comercio.

En fin, lo esencial era llegar a Cork, lo que exigía algún tiempo. Hormiguita tenía que emplear su dinero en cosas más necesarias que en carruaje o ferrocarril, e iría a pie, con lo que quizás encontrase ocasión de ganar algunos chelines en pueblos como Limerick y Newmarket. Sin duda que treinta millas para las piernas de un niño de once años era un buen viaje, y emplearía ocho días por poco que se detuviera en las granjas.



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