Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés El tiempo era bueno, ya fresco en esta época; el camino, sin barro ni polvo, excelentes condiciones cuando se trata de un viaje a pie. El sombrero de fieltro en la cabeza, chaleco y pantalón de abrigo, buenos zapatos, su equipaje al brazo, el cuchillo, regalo de la abuela, en el bolsillo y un bastón que hizo de una rama de haya. Hormiguita no tenía el aire de un pobre. Debía, pues, guardarse de los malos encuentros. Por otra parte, sólo mostrando sus dientes, Birk alejaría a las gentes sospechosas.
La primera jornada, con un descanso de dos horas, fue un trayecto de cinco millas y un gasto de medio chelín. Para dos, un niño y un perro, esto no es mucho, y por este precio la comida de manteca y patatas es poca. Hormiguita no pensó, sin embargo, en la comida de Trelingar-Castle. Llegada la noche, se acostó un poco más allá del pueblo de Baunteer, en una granja, con permiso del labrador, y al día siguiente, después de un almuerzo que le costó algunos peniques, volvió a ponerse en camino.