Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés Hubiera sido imprudente arriesgarse después de la caída del sol. Entre aquellos altos taludes, la noche cae rápidamente. Desde las seis de la tarde la oscuridad era profunda. Valía más detenerse en aquel lugar, aunque allí no había ni posada ni granja. Era un lugar muy solitario, y Hormiguita no se sentía tranquilo. Por fortuna, Birk era un guardia vigilante y fiel, en el que se podía confiar.
Aquella noche tuvo por único abrigo una estrecha anfractuosidad de las rocas, sobre la que caía una cortina de parietarias. Se echó sobre la tierra suave y seca. Birk se acostó a sus pies, y ambos se durmieron a la gracia de Dios.
Al día siguiente, al amanecer, se pusieron en camino. Tiempo incierto, húmedo y frío. Todavía una jornada de quince millas, y Cork aparecería en el horizonte. A las nueve, los desfiladeros de los montes Boggerraghs fueron franqueados. Caminaban de prisa, pero con hambre. El zurrón estaba vacío; Birk iba de derecha a izquierda, con el hocico en tierra, buscando qué comer; después volvía, y dirigiéndose a su amo, parecía decirle:
—¿Es que no se almuerza esta mañana?
—Pronto —le respondía Hormiguita.
En efecto, hacia las diez ambos hacían alto en el lugarejo de Dix-MilesHouse.