Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés Después de una noche tranquila en la posada, Hormiguita abandonó Derry-Gounva al alba, y se internó por el desfiladero de los Boggerraghs. La jornada fue fatigosa. El viento soplaba con fuerza, parecía que venía del suroeste, aunque seguía las vueltas del desfiladero, cualquiera que fuese su orientación. Hormiguita lo encontraba siempre de frente, sin tener, como un barco, el recurso de correr las bordas. Era necesario caminar contra el huracán, perder cinco o seis pasos de doce, ayudarse de la maleza adherida a las rocas, arrastrarse a la vuelta de ciertos ángulos; en suma, cansarse mucho para andar poco. En verdad que una carreta o un jaunting-car le hubiesen prestado un gran servicio. Esta parte de los Boggerraghs es poco frecuentada. Se puede llegar a los pueblos de la región evitando aquel dédalo. Hormiguita no vio a nadie por allí.
Nuestro personaje y su perro, después de muchas vueltas, descansaron al pie de los árboles. Durante la tarde, marchando con más rapidez, consiguieron flanquear el punto máximo de altura de la región. De seguir el recorrido en un mapa, el compás no hubiera indicado más que cuatro o cinco millas. Penosa jornada. Pero lo más rudo estaba hecho, y en dos horas llegarían al extremo oriental del desfiladero.