Aventuras de un niño irlandés

Aventuras de un niño irlandés

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Desde que fue recogido en Westport, se le había cuidado, había andado de casa en casa. Las mujeres se apiadaban de su suerte. Se le conservó el nombre de Hormiguita. Algunas familias le tuvieron ocho, quince días. Así pasaron tres meses; pero la parroquia no era rica, y bastantes desgraciados vivían a su costa. De poseer una casa de caridad, en ella hubiera habido sitio para el niño; pero no teniéndola, fue enviado a la Ragged-School de Galway, y hacía nueve meses que Hormiguita vegetaba en medio de aquellos vicios. Cuando saliera ¿qué llegaría a ser? Uno de esos desheredados para los que, desde sus más tiernos años, la existencia, con sus cotidianas exigencias, es una pregunta de vida o muerte, ¡pregunta que muy a menudo queda sin respuesta!

De forma que desde hacía nueve meses el niño estaba confiado a los cuidados de la vieja Kriss, medio embrutecida, de aquel pobre Grip, resignado con su suerte, y de mister O’Bodkins, aquella máquina para hacer balances de entradas y salidas. Sin embargo, su buena constitución le había permitido resistir a tantas causas de destrucción, y no figuraba aún en el gran libro del director, en la columna de los atacados del sarampión, escarlatina y otras enfermedades de la infancia, sin que su cuenta hubiera estado saldada en el fondo de la fosa común de Galway.


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