Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés —¿Más grande que el nuestro?
—Millares de veces. Esos grandes navÃos que has visto necesitan, por lo menos, ocho dÃas para hacer la travesÃa.
—¿Y hay periódicos en ese paÃs?
—¿Periódicos, Bob? ¡Oh! Por centenas. Periódicos que se venden hasta a seis peniques.
—¿Estás seguro?
—Muy seguro. Hasta de que serÃa preciso meses y meses para leerlos todos enteros.
Y Bob miraba con admiración a ese sorprendente Hormiguita, que era capaz de asegurar tal cosa. Hubiera deseado lanzarse al puente y trepar por los palos de aquellos grandes barcos y steamers que buscaban abrigo habitualmente en Queenstown, mientras Hormiguita preferirÃa, seguramente, visitar la cala y el cargamento.
Pero hasta entonces, ni uno ni otro habÃan osado embarcarse sin permiso del capitán —¡un personaje del que tenÃan una idea!—. En cuanto a pedÃrselo, esto pasaba de sus ánimos. El amo después de Dios, como habÃa oÃdo decir Hormiguita, y se lo repetÃa a Bob.
Asà pues, el deseo de los niños estaba aún por realizar.
Esperemos que podrán satisfacerlo algún dÃa, asà como otros tantos que se despertaban en ellos.