Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés El invierno no fue muy riguroso, ni en los últimos meses del año 1882, ni en los primeros de 1883. Hormiguita y Bob no sufrieron mucho corriendo por las calles de la mañana a la noche. Sin embargo, no deja de ser duro estacionarse bajo la nieve en los rincones de las plazas; pero ambos estaban desde su primera edad aclimatados a las intemperies, y jamás cayeron enfermos. Todos los días, cualquiera que fuese el estado del cielo, dejaban el lecho al alba, y abandonando el resto del fuego, iban a comprar primero, a vender en seguida en el andén de la estación, en el momento de la llegada y partida de los trenes, y después, a través de los diversos barrios donde Birk transportaba su atalaje. Solamente los domingos se daban algún descanso, repasando sus ropas, arreglando su cuarto, dejando su desván tan limpio como era posible; el uno, poniendo en orden su contabilidad, y el otro, estudiando sus lecciones de lectura, escritura y aritmética. Al mediodía, acompañados de Birk, iban por los alrededores de Cork, bajaban el río hasta Queenstown como dos buenos burgueses que se pasean después de una semana de trabajo. Un día se permitieron dar en barco la vuelta a la bahía, y por vez primera pudo Bob abrazar con la mirada el mar sin límites.
—Y más lejos —preguntó, continuando siempre por el agua—, ¿qué se encontraría?

—Un gran país, Bob.