Aventuras de un niño irlandés

Aventuras de un niño irlandés

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Entonces hubo largos debates sobre la cuestión de alquilar una pequeña tienda cercana a la estación. ¡Sería tan bueno estar en su casa! Aquel diablo de Bob, que de nada dudaba, pensaba en ello. ¡Figuraos esa tienda con sus periódicos y artículos de librería, con un patrón de once años y un empleado de ocho, a cuya casa el recaudador vendría a cobrar los impuestos! Sí, era tentador, y aquellos dos niños tan dignos de interés sin duda hubieran hallado algún crédito… No les faltaría clientela… Hormiguita pesaba el pro y el contra. Y después, su idea era siempre trasladarse a Dublín, donde le llamaba no se sabe qué presentimiento.

En fin, dudaba y resistía a las instancias de Bob, cuando se presentó una circunstancia que iba a decidir de su porvenir.

Era un domingo; el 8 de abril. Hormiguita y Bob habían formado el proyecto de pasar el día en Queenstown.

El principal atractivo de aquella partida de placer era almorzar y comer en un modesto bodegón de marineros.

—¿Se comerá pescado? —preguntó Bob.

—Sí —respondió Hormiguita—, y hasta cabracho o langosta, si quieres.

—¡Oh! ¡Sí quiero!


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