Aventuras de un niño irlandés

Aventuras de un niño irlandés

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Pusiéronse sus mejores vestidos, calzáronse sus zapatos bien lustrosos y partieron de mañana, con Birk, bien limpio.

Hacía un tiempo soberbio; el sol era primaveral; la brisa, cálida. La bajada del Lee a bordo de un ferry-boat fue un encanto. Había músicos a bordo, músicos callejeros cuya música excitó la admiración de Bob. El día comenzaba de una manera agradable, y sería delicioso si concluía lo mismo.

Apenas desembarcaron en el malecón de Queenstown, Hormiguita divisó una posada con el rótulo Old Seeman, que parecía dispuesta para recibirlos. A la puerta, en un banquillo, una media docena de crustáceos, moviendo sus patas, esperaban la hora de su muerte, si algún consumidor quería. Desde una de las mesas que se hallaban colocadas junto a la ventana, no se perdía de vista los navíos amarrados a los muelles del puerto.

Hormiguita y Bob iban, pues, a entrar en aquel lugar de delicias, cuando su atención fue atraída por un gran navío llegado la víspera a Queenstown, y que procedía a su limpieza dominical.

Era el Vulcan, un steamer de ochocientas a novecientas toneladas, que venía de América y debía marchar al siguiente día para Dublín. Esto al menos era lo que un viejo marinero, cubierto con un sombrero amarillo, respondió a las preguntas que le hicieron.


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