Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés Ambos niños observaban el navÃo, cuando un mozo alto, con la cara y las manos manchadas de carbón, se aproximó a Hormiguita, le miró, abrió la boca, cerró los ojos y gritó:
—¡Tú!… ¡Tú!… ¡Eres tú!
Hormiguita quedó asombrado. Bob lo mismo… Aquel individuo le tuteaba… Y era negro… Sin duda se equivocaba.
Pero he aquà que el supuesto negro, moviendo la cabeza, le hizo aún más demostraciones.
—Soy yo… ¿No me conoces? Soy yo. Recuerda la Ragged-School… ¡Grip!
—¡Grip! —repitió Hormiguita.
Era Grip, y cayeron en brazos uno de otro, cambiando sus besos con tal efusión que Hormiguita salió negro como un carbonero.

¡Qué alegrÃa volverse a ver! El antiguo vigilante de la Ragged-School era ahora un gallardo mozo de veinte años, vigoroso, bien puesto, que en nada recordaba a la vÃctima los andrajosos de Galway, a no ser porque conservaba su buena fisonomÃa de otro tiempo.
—¡Grip! ¡Grip! Eres tú. ¡Tú! —no cesaba de repetir Hormiguita.
—SÃ… yo, que no te he olvidado, chiquillo.
—¿Y eres marinero?
—No… calentador a bordo del Vulcan.