Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés Si el personal de la escuela trabajaba poco con la inteligencia, no quiere esto decir que trabajase honradamente con las manos. Reunir un poco de combustible para el invierno, mendigar los harapos entre las personas caritativas, recoger el estiércol de los caballos y demás animales para ir a venderlo a los cortijos por algunos coppers, a lo que mister O’Bodkins abrÃa una cuenta especial; escudriñar en los montones de inmundicias, acumulados en los rincones de las calles, siempre que los perros dejaban, y si era menester, después de luchar con ellos; tales eran las ocupaciones cotidianas de los niños. De juegos, ninguno, a menos que sea una diversión arañarse, pellizcarse, morderse, golpearse con pies y manos, sin hablar de las malas pasadas que le jugaban a Grip. Verdad que éste no se inquietaba por tal cosa, lo que llevaba a Carker y a los otros a encarnizarse en él cruelmente.
La única habitación algo decente de la Ragged-School era la del director; y claro está que en ella jamás se dejaba entrar a nadie. Los libros hubieran sido hechos pedazos, sus hojas dispersas a todos los vientos. Asà es que no le disgustaba que sus educandos se marchasen fuera, a errar a la aventura, y siempre le parecÃa temprano cuando, movidos por la necesidad de comer o de dormir, volvÃan a la escuela.