Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés Conviene llegar a esta capital por mar en un día de buen sol, cuando el cortinaje de brumas ha desaparecido, si se quiere abarcar de una mirada su magnífico conjunto. Hormiguita y Bob no habían tenido esta suerte. La noche era sombría, la atmósfera espesa, cuando llegaron a las primeras casas del arrabal, después de haber caminado a lo largo del ferrocarril que pone a Kingstown a veinte minutos de Dublín.
Poco encantador, poco regocijado, era el aspecto que presentaban los barrios bajos de la ciudad en medio de la bruma, agujereada por algunos mecheros de gas. La carreta, arrastrada por Birk, había seguido calles estrechas. Aquí y allá, casas pobres, tiendas cerradas. Por todas partes, la turba de miserables sin hogar… la abyección de la borrachera de whisky, la más espantosa de todas, engendrando disputas, injurias, violencias.
Los dos niños habían ya visto esto. No era para sorprenderles ni inquietarles. Sin embargo, ¡qué numerosos eran los niños de su edad tendidos en las puertas, en los rincones de las calles, en apretados montones, con los pies y la cabeza desnudos, medio cubiertos de andrajos! Hormiguita y Bob pasaron ante la confusa masa de una iglesia, una de las dos catedrales protestantes, restaurada gracias a los millones del gran cervecero Lee Guiness y del gran destilador Roe. En la torre, con su veleta octogonal, palpitante por las vibraciones de las ocho campanas, sonaban las nueve.