Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés Bob, muy fatigado por la rápida y larga jornada desde Bray, había tomado asiento en la carreta. Hormiguita empujaba para ayudar a Birk. Buscaba una posada cualquiera donde pasar la noche y abandonarla por otra mejor al siguiente día. Sin saberlo atravesaba el barrio llamado «Las libertades», a la entrada de su calle principal San Patricio, que va desde la citada catedral a la otra de Christ-Church, calle larga, flanqueada de casas, cómodas otras veces, ahora pobres, llena de callejuelas malsanas, de «lanes» infectos, donde abundan los horribles cuchitriles parecidos al de la Hard. Éste fue un recuerdo espantoso que impresionó el ánimo de Hormiguita. Y sin embargo, no estaba en una ciudad de Donegal; estaba en Dublín, la capital de Irlanda; poseía entonces más guineas ganadas en su comercio que farthings tenían en sus bolsillos todos aquellos pordioseros. Así, buscó no uno de esos sitios sospechosos donde la seguridad es dudosa, sino una posada algo decente, donde la comida y la cama fueran de un precio asequible.

Encontrola, afortunadamente, en medio de Saint-Patrick-Street: una fonda de modesta apariencia, donde metieron la carreta. Después de comer los dos niños, subieron a una estrecha habitación. Aquella noche no les hubieran despertado todos los campanarios de las catedrales, todo el tumulto de «Las libertades».