Aventuras de un niño irlandés

Aventuras de un niño irlandés

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Al fin Hormiguita y Bob llegaron a la orilla derecha del Liffey.

—¡Qué hermoso es! —dijo uno.

—Jamás hemos visto nada tan hermoso —respondió el otro.

Y de hecho, en Limerick o en Cork, sobre el Shannon o el Lee, en vano se buscaría aquella admirable perspectiva de malecones de granito, bordeados de soberbias casas; a la derecha, las de Ushers, Aleschants, Wood, Essex; a la izquierda, las de Ellis, Aran, King’s Inn y otras.

No es en aquella parte del Liffey donde amarran los navíos.

Su bosque de mástiles aparecía a la izquierda.

—Aquéllos son los docks, sin duda —dijo Hormiguita.

—Vamos allá —respondió Bob, al que la palabra docks picaba la curiosidad.

Nada más fácil que atravesar el Liffey. Los dos barrios de Dublín se comunican por nueve puentes, y el último, al este de Carlisle-bridge, el mejor de todos, pone en comunicación Westmoreland-street y Sackeville-street, citadas entre las más bellas calles de la capital.


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