Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés Los dos niños no marcharon por Sackeville-street, lo que les hubiera alejado de los docks, donde les atraían los barcos. Pero en primer lugar examinaron uno a uno los navíos anclados en el Liffey más abajo de Carlisle-bridge. Tal vez el Vulcan estaba allí. Lo hubieran reconocido entre mil. No se olvida un barco que se ha visitado, sobre todo cuando Grip es su primer fogonero.
El Vulcan no estaba en los muelles del Liffey. Podía ser que aún no hubiese vuelto, o que estuviera amarrado en medio de los docks o en la dársena de reparaciones para alguna operación de carena.
Hormiguita y Bob siguieron el muelle bajando por la orilla izquierda. Tal vez el uno, absorto por el pensamiento del Vulcan, no vio el Customhouse, la aduana, que es un vasto edificio cuadrangular de cien pies de altura, decorado por la estatua de la Esperanza. El otro se detuvo un instante a contemplarlo. ¿Tendría alguna vez mercancías que serían sometidas a las visitas de esta aduana? ¿Había nada más envidiable que pagar los derechos por los cargamentos traídos de lejanos países? ¿Tendría alguna vez esta satisfacción?
Llegaron a los docks de Victoria. En aquella ensenada, corazón de la ciudad comercial, había navíos, unos cargando, otros descargando.
Bob lanzó un grito.
—El Vulcan. ¡Allí, allí!