Aventuras de un niño irlandés

Aventuras de un niño irlandés

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No se equivocaba. El Vulcan estaba en el muelle embarcando mercancías.

Algunos instantes después, Grip, al que ninguna ocupación retenía a bordo, se reunía con sus dos amigos.

—Al fin, ya estáis aquí —repetía estrechándoles en sus brazos hasta sofocarles.

Los tres subieron por el muelle, y deseosos de hablar más a gusto ganaron la orilla del Royal-Canal, a la derecha del lugar donde desemboca en el Liffey. Este lugar estaba casi desierto.

—¿Y desde cuándo estáis en Dublín? —preguntó Grip, que les había cogido del brazo.

—Desde ayer por la noche —respondió Hormiguita.

—¡Solamente! Veo que has tardado en decidirlo.

—No, Grip. Después de tu partida había tomado la resolución de dejar Cork.

—Bien. De eso hace tres meses ya, y yo he tenido tiempo de ir dos veces a América y volver. Siempre que me he detenido en Dublín he recorrido la ciudad, pensando encontrarte. Pero ni sombra de Hormiguita ni de Bob, ni de ese buen animal de Birk. Entonces te escribí. ¿No has recibido mi carta?


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