Aventuras de un niño irlandés

Aventuras de un niño irlandés

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—¿Y esto? —preguntó Hormiguita, designando un vasto edificio en Coombe-Street.

—¿Eso? —respondió Grip— es la Ragged-School.

¡Qué de dolorosos recuerdos despertó este nombre en Hormiguita! Pero si en uno de estos tristes asilos era donde tanto había sufrido, allí encontró a Grip, y esto era una compensación. ¡Detrás de aquellos muros había todo un mundo de niños abandonados!

Verdad que ellos no se parecían en nada a aquellos infelices de Galway, de los que tan poco se cuidaba mister O’Bodkins; llevaban jersey azul, su pantalón gris, buenos zapatos, gorra. Obedece esto a que la Sociedad de las Misiones de la Iglesia de Irlanda, propietaria de esta escuela, busca pensionistas tanto para educarlos y alimentarlos, como para inculcarles los principios de la religión anglicana. Añadamos que las Ragged-School católicas, dirigidas por religiosos, no dejan de hacerle una feliz competencia.

En fin, siempre dirigidos por su guía, Hormiguita y Bob abandonaron el coche a la entrada de un jardín situado al oeste de la ciudad y en el que el Liffey forma el límite inferior.

¿Un jardín? Más bien un parque de mil setecientos cincuenta acres.


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