Aventuras de un niño irlandés

Aventuras de un niño irlandés

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Llámase Phcenix-Park y Dublín puede enorgullecerse de él. Bosques soberbios, musgos verdosos donde pacen vacas y carneros, parterres resplandecientes de flores, campos de maniobras para las revistas, vastos cercados propios para los ejercicios de polo y de fútbol, ¿qué falta a aquel pedazo de campo conservado en medio de la ciudad? No lejos del gran paseo central se eleva la residencia de verano del gobernador, lo que ha hecho crear una escuela, un Hospital militar, un barrio para los artilleros y una caseta para los policías.

Se mata sin embargo en Phcenix-Park, y Grip mostró a los niños dos incisiones en forma de cruz a lo largo de un foso. Es que allí, tres meses antes, el 6 de mayo, casi a los ojos del gobernador, el puñal de los invencibles, había herido mortalmente al secretario y al subsecretario de Estado por Irlanda, mister Burke y lord Frederic Cavendish.

Con un paseo hasta el Zoological-Garden, que está anejo, terminó aquella excursión a través de la capital. Eran las cinco cuando los dos amigos se despidieron de Grip para volver a su cuarto de Saint-Patrick Street. Se convino en que se verían todos los días, si esto era posible, hasta la partida del steamer.

Mas he aquí que Grip dijo a Hormiguita en el momento en que se iban a separar:

—Y bien, chico, ¿has tenido alguna idea esta tarde?


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