Aventuras de un niño irlandés

Aventuras de un niño irlandés

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Seguramente se hubiera debido tomar un dependiente. ¿Pero de quién fiarse? Al joven amo le repugnaba introducir un extraño en su casa. Sin embargo, se puede encontrar un hombre honrado, activo y serio. Un buen tenedor de libros instalado en su escritorio en la segunda tienda. ¡Ah! ¡Si Grip hubiese consentido! ¡Vana tentativa! Grip no se decidía, aunque era el más indicado para ocupar aquel puesto; sentado sobre un alto taburete, junto a una mesa pintada de negro, con la pluma en la oreja, el lápiz en la mano, teniendo una cuenta abierta a cada parroquiano. ¡Esto valía más que estar en la caldera del Vulcan! ¡Súplicas inútiles! Claro es que en el intervalo de sus viajes, el fogonero consagraba al bazar todas las horas que tenía libres. Con gusto se ponía a trabajar. Esto duraba una semana, pues el Vulcan partía de nuevo, y cuarenta y ocho horas después Grip estaba a centenares de millas de la isla Esmeralda. Su partida era siempre un disgusto; su regreso una alegría. Parecía que se iba o volvía un hermano mayor. Vamos, quédate amigo Grip, quédate con ellos.

Por lo demás, el hermano mayor continuaba haciendo sus compras en Little boy and Co. Llevaba invariablemente todo su haber en el cinto. En esta época, por consejo de mister O’Brien y Hormiguita se decidió a despojarse de él. No vayáis a creer que el propietario del bazar de «Los pequeños bolsillos» hubiese aceptado a Grip como comanditario.


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