Aventuras de un niño irlandés

Aventuras de un niño irlandés

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¡No! Él no tenía necesidad del dinero de Grip.

Poseía formales economías depositadas en el Banco de Irlanda; y las economías del fogonero fueron puestas en la Caja de Ahorros; un establecimiento muy sólido, en el que los depósitos se elevaban entonces a más de cuatro millones. Grip podía dormir tranquilo; su capital estaba a salvo y se acrecentaría con la acumulación de los intereses anuales…

Si Grip rehusaba cambiar la blusa del marino por la chaqueta con manguitos de lustrina del contable, habría contribuido a aumentar la clientela de Little boy.

Todos sus camaradas del Vulcan y sus familias iban a comprar sus provisiones al bazar. Había hecho entre los marineros del puerto y todos sus conocimientos una gran propaganda, como si fuera el viajante de la casa.

—Verás —dijo un día a Hormiguita—, verás cómo los armadores acaban por proveerse en tu casa. Entonces serán precisas cajas de especiería y de conserva para los largos viajes. Llegarás a ser un comerciante en grande.

—¡En grande! —dijo Bob, que estaba presente.

—Sí, con almacenes, cuevas, ni más ni menos que mister Roe o mister Guiness.

—¡Oh! —dijo Bob.


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