Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés La suerte de los MacCarthy no cesaba de inquietarle. Por consejos de mister O’Brien había escrito a Australia, a Melbourne. Después de la respuesta del agente de emigración, se habían perdido las huellas de la familia, caso muy frecuente en aquel inmenso país, cuyas regiones centrales eran casi desconocidas en aquella época. Sin capital, era probable que Martin y sus hijos no hubiesen encontrado trabajo más que en las lejanas granjas donde se efectúa la cría de los carneros en grande. ¿En qué provincia, en qué distrito de aquel vasto continente se encontraban? Tampoco de Pat se sabía nada. Desde que había abandonado la casa Marcuard, no era difícil que se hubiese reunido con su familia en Australia.
Claro es que de todos los que en otra época había conocido, los MacCarthy y Sissy, su compañera en casa de la Hard, eran los únicos que ocupaban el recuerdo de Hormiguita. La horrible dueña de la cabaña de Rindok; el feroz Thornpipe; la augusta familia de los Piborne, le tenían sin cuidado.
En cuanto a Miss Anna Waston, se asombraba de no haberla visto aún aparecer en ninguno de los teatros de Dublín. ¿Hubiera ido a visitarla? Tal vez sí, tal vez no. Después de todo, no hubiera tenido que dudar, pues la célebre actriz después de la desdichada escena de Limerick se había decidido a abandonar Irlanda y hasta Gran Bretaña, para ir a trabajar al extranjero.