Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés Se adivina lo que había sido la vida de la joven: la de todos esos pobres niños de Irlanda. Seis meses después de la huida de Hormiguita, habiendo muerto la Hard de una borrachera, fue preciso volver a llevar a Sissy a la casa de caridad de Donegal, donde permaneció dos años aún. Pero allí no se la podía tener indefinidamente. ¡Había tantos desdichados que esperaban! Tenía entonces nueve años, y a esta edad preciosa se bastaría a sí misma. Si no podía entrar a servir con un salario que frecuentemente se reduce al alojamiento y comida, ¿no hay trabajo en las fábricas? Enviose, pues, a Sissy a Belfast, donde la fabricación del hilo ocupa a millares de obreros. Allí vivió de algunos peniques ganados al día, en medio del polvillo malsano del lino, golpeada, sin tener a nadie que la defendiera; pero siempre buena, dulce, servicial, y hecha a las brutalidades de la existencia.
Sissy no veía modo de mejorar su estado. Era aquello un abismo en el que se hundía. ¡Y en el momento en que dudaba que nadie pudiera sacarla de él, una mano venía a cogerla, la mano del niño que le debía las primeras caricias, ahora dueño de una casa de comercio! ¡Sí, él la había sacado de aquel infierno de Belfast, y se encontraba en su casa… en la que iba a ser la señora… sí, la señora… él se lo repetía… no una criada!