Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés Y a lo lejos ni un barco, ni una barca de pesca. Además, aunque hubiera algún navÃo, serÃa difÃcil que viera a la Doris.
Sin embargo, ser visto era la única esperanza de salvación. De continuar hacia el oeste, la Doris se perderÃa sobre los arrecifes que bordean el litoral.
¿No era posible imprimirle una dirección que le acercase a los parajes frecuentados por los pescadores? En vano Hormiguita procuró instalar un pedazo de veta sostenida por dos cuerdas. No podÃa contar con sus propios esfuerzos y estaba en manos de Dios.
El dÃa transcurrió sin que la situación se agravase. Hormiguita no temÃa que la Doris se hundiese, pues su grado de inclinación sobre estribor no podÃa ser mayor. No habÃa que hacer más que una cosa: observar si por casualidad aparecÃa algún barco.
En espera de esto, nuestro joven comió para reponer sus fuerzas, y, lo repetimos, ni por un instante sintió que la desesperación se apoderase de él; no veÃa más que una cosa: que defendÃa sus intereses.
A las tres de la tarde, una humareda subió por el oeste. Una media hora después, un gran steamer se mostraba distintamente, dirigiéndose hacia el norte, a unas cinco o seis millas de la Doris.
Hormiguita hizo señales con una bandera puesta en la punta de un bichero… No fueron vistas.