Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés ¡De qué extraordinaria energÃa estaba dotado aquel niño que ni aun entonces se desanimó! Llegando la noche, no podÃa contar con otro encuentro. Ningún indicio le permitÃa pensar que estuviese próximo a tierra. La noche llena de nubes y sin luna, serÃa muy oscura. Sin embargo, el viento no anunciaba volver, y la mar estaba tranquila desde la mañana.
Como la temperatura era muy baja, lo mejor era descender al camarote. Inútil permanecer fuera, puesto que nada se distinguÃa. Muy fatigado por aquellas horas de angustia, incapaz de resistir al sueño, Hormiguita retiró la manta del catre, sobre el que no hubiera podido echarse a causa de la escora, y después de haberse envuelto en ella, tendióse junto a la pared y no tardó en dormirse.
Su sueño duró una gran parte de la noche; comenzaba el dÃa cuando fue despertado por vociferaciones proferidas fuera; se levantó y escuchó. ¿La Doris estaba, pues, cerca de la costa? ¿La habÃa encontrado un navÃo al salir el sol?
—¡A nosotros… los primeros! —gritaban voces de hombres.
—¡No… a nosotros! —respondÃan otros.