Aventuras de un niño irlandés

Aventuras de un niño irlandés

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Hormiguita apenas tardó nada en comprender lo que estaba sucediendo. Ninguna duda había de que la Doris hubiese sido vista al alba. Las tripulaciones se habían acercado, y ahora disputaban enérgicamente sobre a quién pertenecía. Se han izado sobre el casco, han invadido el puente y vienen a las manos.

Hormiguita no hubiera tenido más que mostrarse para ponerlos de acuerdo. Se guardó de hacerlo. Aquellos hombres se hubieran vuelto contra él. No dudarían en arrojarle al mar para evitar toda reclamación ulterior. Era preciso ocultarse sin perder momento. Fue a hacerlo en la cala en medio de las mercancías.

Algunos minutos después el tumulto había cesado, prueba de que ya había paz. Habían convenido en partir el cargamento después de haber conducido al puerto el navío abandonado.

Las cosas habían ocurrido de este modo. Dos barcas de pesca salidas al alborear el día de la bahía de Dublín, habían visto el schooner a tres o cuatro millas de distancia. Los tripulantes se habían dirigido hacia aquel casco medio zozobrado, luchando con ardor por llegar antes que los otros, pues la costumbre, que tenía la fuerza de ley, establecía que el barco naufragado pertenecía al primer ocupante. Las embarcaciones habían llegado al mismo tiempo. De aquí, disputas, amenazas, golpes, y finalmente, el acuerdo de partir el botín.


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