Aventuras de un niño irlandés

Aventuras de un niño irlandés

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Apenas Hormiguita se había refugiado en la cala, cuando los patrones de las dos barcas treparon por la escala del casco a fin de visitar la cámara. Júzguese si Hormiguita debió felicitarse por haberse ocultado a sus miradas, cuando les oyó cambiar estas palabras:

—¡Es una fortuna que no haya un solo hombre a bordo!

—¡Si lo hubiera, no quedaría mucho tiempo!

En efecto, aquellos salvajes no hubiesen retrocedido ante un crimen, con tal de asegurarse la propiedad del barco.

Media hora después el casco de la Doris era remolcado por las dos barcas, que forzaron la vela y los remos en dirección a Dublín.

A las nueve los pescadores se encontraban a la entrada de la bahía. Como la mar era baja, hubiera sido difícil hacer entrar la Doris, y se dirigieron hacia Kingstown, donde llegaron muy pronto.

Había mucha gente. Habiendo sido señalada la llegada de la Doris, mister O’Brien, Grip y Sissy, Bob y Kat, prevenidos del salvamento, habían tomado el tren de Kingstown y se encontraban en la estacada. ¡Qué angustia la suya al saber que los pescadores no traían más que un casco abandonado! Hormiguita no estaba a bordo… Había perecido… Todos lloraron.


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