Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés Nuestro héroe tomaba parte en este penoso trabajo, y cada día traía un poco de combustible. Esto no era mendigar. Así, bien que mal, en el hogar brillaban unas mezquinas llamas con las que era preciso contentarse. Toda la escuela, helada bajo sus harapos, se apretaba en torno al fuego; los mayores en los sitios mejores, claro está, mientras la comida se cocía en la marmita. ¡Y qué comida! Cortezas de pan, patatas, desperdicios de carne, una abominable sopa con manchas de grasa que reemplazaban los ojos del buen caldo.
Ante el fuego jamás había sitio para Hormiguita, y rara vez una taza del líquido que la vieja reservaba para los mayores. Éstos se arrojaban sobre ella como perros hambrientos, enseñando los dientes para defender su mezquina porción.
Felizmente, Grip llevaba al niño a su agujero y le daba lo mejor de lo que a él le había tocado en la repartición cotidiana. Allí arriba no había fuego, pero acurrucándose en la paja, oprimiéndose uno contra otro, se defendían del frío y se dormían. ¿Les calentaba el sueño? Tal vez.