Aventuras de un niño irlandés

Aventuras de un niño irlandés

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A las siete de la tarde seguía una de las calles que desembocan en el puente de Claddagh y volvía a la Ragged-School seguro de ser mal recibido, pues su paseo había sido infructuoso. Si Grip no tenía alguna corteza de reserva, pasarían la noche sin comer. No sucedería esto por primera vez; pues comer todos los días a hora fija era una presunción. Que los ricos tengan esta costumbre, está bien, puesto que tienen medios para hacerlo; pero un pobre diablo come cuando puede, y cuando no, no come, según decía Grip, habituado a alimentarse con máximas filosóficas.

He aquí que a unos doscientos pasos de la escuela Hormiguita tropezó y cayó a lo largo sobre las piedras. Como no cayó de alto no se hizo daño. Pero en el momento en que se levantaba, un objeto lanzado por su pie rodó ante él. Era una botella grande de barro que no se había roto por fortuna, pues podría haberle herido gravemente.

Nuestro niño se levantó, y buscando en torno suyo, acabó por encontrar la botella, de unos diez o doce cuartillos de capacidad.




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