Aventuras de un niño irlandés

Aventuras de un niño irlandés

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Hormiguita no había podido rehusar seguir el ejemplo de sus compañeros. Cuando se detenía ante una puerta después de haber golpeado con el llamador, parecíale que éste le golpeaba en el pecho. Entonces, en vez de tender la mano, preguntaba si había algún recado que hacer, evitándose al menos la vergüenza de mendigar. Un encargo a aquel chico de cinco años ya se sabía lo que representaba, y alguna vez le arrojaban un pedazo de pan que él tomaba llorando. ¿Qué queréis? El hambre…

Con diciembre el frío fue muy riguroso y muy húmedo. La nieve no cesaba de caer en grandes copos. A las tres de la tarde era preciso encender el gas, y la luz azulada de los mecheros no llegaba a disipar las brumas, como si hubiera perdido todo su resplandor. Ni coches, ni carros circulaban. Raros transeúntes apresurándose a llegar a sus casas. Y Hormiguita, con los ojos quemados por el frío, las manos y la cara amoratada por el cierzo, corría, apretando a su cuerpo sus andrajos, blancos por la nieve.

Al fin se acabó el invierno. Los primeros meses del año de 1879 fueron menos duros. El verano hizo una aparición precoz. En el mes de junio hubo fuertes calores.

El 17 de agosto, Hormiguita, que contaba entonces cinco años y medio, tuvo un buen encuentro que debía producir consecuencias inesperadas.


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