Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés Después de un mes de octubre excesivamente lluvioso, noviembre echó sobre el condado un viento glacial que condensó en nieve toda la humedad de la atmósfera. La blanca cubierta llegó a tener un espesor de dos pies en las calles de Galway. La recolección cotidiana de hulla y de césped se resintió de esto. En la Ragged-School se helaban, y si en el hogar faltaba combustible, en el estómago, que es otro hogar, faltaba igualmente, pues no se encendía fuego todos los días.
Preciso era además que en medio de aquellas tempestades de nieves, a través de las corrientes heladas, a lo largo de las calles y en los caminos, los harapientos buscasen con qué proveer a las necesidades de la escuela. Ahora no se encontraba nada en las piedras. El único recurso era ir de puerta en puerta. La parroquia ciertamente hacía por los pobres lo que podía; pero además de la Ragged-School había numerosos establecimientos de caridad que le pedían en este tiempo de miseria. Los niños veíanse reducidos a ir de casa en casa y algunas veces se les recibía mal. Se les recibía a menudo con brutalidad, amenazándoles si volvían, y regresaban entonces con las manos vacías.