Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés —¡Mis libros!, ¡mis libros! —gritaba agitando desesperadamente los brazos. Y después de haber tratado de bajar por la escalera de su gabinete, cuyos escalones trepidaban por el incendio, decidiese a arrojar por la ventana sus registros, cartones, todos los objetos de su escritorio. Después tomó el partido de salvarse por una escala de cuerda sujeta a la muralla.
Pero Grip y el niño no podÃan hacer lo mismo. El desván no recibÃa luz más que por una estrecha ventanilla, y la escalera era pasto de las llamas que caÃan en lluvia sobre el techo y que pronto harÃan de la Ragged-School una inmensa hoguera.
Los gritos de Grip dominaron entonces el ruido del incendio.
—¿Hay gente en ese granero? —preguntó una señora que acababa de llegar al teatro de la catástrofe. Iba con ropa de viaje y habÃa dejado su carruaje en la esquina, y acudido con su doncella. En realidad, el siniestro se habÃa propagado tan rápidamente, que era imposible dominarlo. Asà es que desde que el director estuvo a salvo, se dejó que el fuego devorase la casa en la que se creÃa no habÃa nadie.
—¡Socorred a los que están ahÃ! —gritó de nuevo la viajera con ademanes dramáticos—. ¡Escalas, amigos mÃos, escalas y salvadores!