Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés Habiéndose vertido el recipiente, del que se desbordaban los inflamados vapores de la ginebra, el lÃquido se esparció por la paja llegando hasta últimos rincones de la sala. En un instante se extendió el fuego. Los que aún no estaban completamente borrachos, no tuvieron tiempo más que a abrir la puerta, arrastrar a la vieja Kriss y echarse a la calle.

En este momento Grip y Hormiguita, que acababan de despertarse, fintaron en vano huir del desván lleno de un sofocante humo.
El reflejo de las llamas habÃa sido ya notado. Algunos vecinos provistos de cubos y de escala acudieron. Afortunadamente la Ragged-School estaba aislada y el viento contrario no amenazaba extender el incendio a las casas de enfrente.
Pero si no habÃa esperanza de salvar el viejo edificio, era preciso pensar en los que en él se encontraban, y a quienes las llamas cerraban toda salida.
Abrióse una ventana del piso que daba a la calle: la del gabinete de mister O’Bodkins, donde el incendio amenazaba llegar muy pronto. El director apareció asustado y mesándose los cabellos. No se crea que se inquietaba por saber si sus pensionistas estaban a salvo, ni aun pensaba en el peligro que corrÃa él mismo.