Aventuras de un niño irlandés

Aventuras de un niño irlandés

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Después de haber bebido unos siete cuartillos de ginebra de los doce que la botella contenía, la mayor parte de los bebedores estaba sobre la paja, por no decir sobre el estercolero. Hubiesen acabado por dormirse si no se le hubiera ocurrido a Carker la idea de hacer un brulote, especie de ponche en que la ginebra sustituye al ron. Accedieron con gusto la vieja Kriss y los demás que aún resistían la borrachera, y aunque faltaban algunos ingredientes para el brulote, los pensionistas eran poco exigentes.

Después de verter la ginebra en la marmita, único utensilio que la vieja Kriss tenía a su disposición, Carker tomó una cerilla y prendió fuego al brulote. Una vez que la llama iluminó la sala, los andrajosos que podían tenerse en pie comenzaron a bailar en torno a la marmita. El que en aquellos momentos hubiera pasado por la calle, habría creído que una legión de diablos había invadido la escuela. Pero en las primeras horas de la noche aquel barrio estaba desierto.

De repente, una vasta luz apareció en el interior de la casa.




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