Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés Pero ¿cómo apoyar escalas contra aquellos muros que amenazaban derrumbarse? ¿Cómo llegar al desván por un tejado envuelto en una espesa humareda?
—¿Quién está en el granero? —preguntó a mister O’Bodkins, ocupado en recoger sus registros.
—¿Quién?… No lo sé —respondió el director, sin conciencia más que de su propio desastre. Después, recordando, dijo:
—¡Ah!… sÃ. Son… Grip y Hormiguita.
—¡Desgraciados! —exclamó la dama—. ¡Mi dinero, mis alhajas, todo lo que poseo a quien los salve!

Ya era imposible penetrar en la escuela. Un resplandor intenso se proyectaba a través de los muros. Algunos instantes más y, a impulsos del huracán, la escuela no serÃa más que una caverna de fuego: un turbión de incandescentes vapores. De repente, el tejado de la casa reventó a la altura de la buhardilla. Grip habÃa llegado a romperla en el momento en que el incendio hacÃa crujir el suelo del desván. Se izó entonces y atrajo al niño medio sofocado. Después, tras ganar la parte del muro delantero, se dejó deslizar por el borde, llevando siempre a Hormiguita en sus brazos.
En este instante se produjo una violenta afluencia de llamas salidas del tejado, lanzando mil resplandores.
—¡Salvadle! —gritó Grip—. ¡Salvadle!