Aventuras de un niño irlandés

Aventuras de un niño irlandés

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VI

LIMERICK

¿QUIÉN era aquella caritativa mujer que acababa de entrar en escena de esta manera un poco melodramática? Se la hubiera visto precipitándose en medio de las llamas, sacrificando su vida para arrancar aquella víctima a la muerte, y nadie se hubiera asombrado de ello: tanta convicción escénica ciertamente tenía; de ser suyo el niño, no le hubiera estrechado más fuertemente en sus brazos, en tanto que le llevaba a su coche. En vano su doncella había querido librarla del precioso fardo. Jamás… jamás.

—No, Elisa, deja —repetía con voz vibrante—. Es mío. El cielo me ha permitido retirarlo de las ruinas de esta casa ardiendo. ¡Gracias, Dios mío, gracias!

El pobre niño estaba medio sofocado; la respiración anhelosa, los ojos cerrados. Hubiera necesitado aire; y después de haber sido casi asfixiado por la humareda del incendio, corría el riesgo de serlo por el torbellino de ternura en que su libertadora le envolvía.

—A la estación —dijo al cochero cuando llegó al carruaje—. ¡Una guinea si llegamos al tren de las 9 y 47!


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