Aventuras de un niño irlandés
Aventuras de un niño irlandés LIMERICK
¿QUIÉN era aquella caritativa mujer que acababa de entrar en escena de esta manera un poco melodramática? Se la hubiera visto precipitándose en medio de las llamas, sacrificando su vida para arrancar aquella vÃctima a la muerte, y nadie se hubiera asombrado de ello: tanta convicción escénica ciertamente tenÃa; de ser suyo el niño, no le hubiera estrechado más fuertemente en sus brazos, en tanto que le llevaba a su coche. En vano su doncella habÃa querido librarla del precioso fardo. Jamás… jamás.
—No, Elisa, deja —repetÃa con voz vibrante—. Es mÃo. El cielo me ha permitido retirarlo de las ruinas de esta casa ardiendo. ¡Gracias, Dios mÃo, gracias!
El pobre niño estaba medio sofocado; la respiración anhelosa, los ojos cerrados. Hubiera necesitado aire; y después de haber sido casi asfixiado por la humareda del incendio, corrÃa el riesgo de serlo por el torbellino de ternura en que su libertadora le envolvÃa.
—A la estación —dijo al cochero cuando llegó al carruaje—. ¡Una guinea si llegamos al tren de las 9 y 47!
