Aventuras de un niño irlandés

Aventuras de un niño irlandés

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El cochero no podía ser insensible a aquella promesa, toda vez que la propina en Irlanda es nada menos que una institución social. Puso, pues, al trote al caballo growler, nombre que se aplica a aquellos antiguos e incómodos vehículos.

Pero, en fin, ¿quién era aquella providencial viajera? ¿Por una suerte extraña había caído Hormiguita en manos que jamás le abandonarían?

Miss Anna Waston era primera dama del teatro de Drury Lane, una especie de Sarah Bernhardt en viaje, que daba actualmente representación en el teatro de Limerick, condado de Limerick, provincia de Munster. Terminaba un viaje de recreo de algunos días por el condado de Galway, acompañada de su doncella, amiga podía llamarse, tan gruñona como adusta, la seca Elisa Corbett. Esta actriz era excelente mujer, muy agradable al público de los melodramas, siempre en escena, siempre con el corazón en la mano y la mano abierta como el corazón, muy seria en lo que concernía al arte e intratable en el caso en que podía comprometerla una mala ventura.

Miss Anna Waston, ya muy conocida en todos los condados del Reino Unido, no esperaba más que la ocasión de ir a hacerse aplaudir a América, a las Indias, a Australia; en todos los lugares donde se hablase la lengua inglesa, pues era demasiado orgullosa para sujetarse a no ser más que una muñeca de pantomima en los teatros donde no pudiera ser comprendida.


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