Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras De repente se oyó un espantoso estruendo. Una verdadera manga de agua cayó sobre la cubierta del buque, levantando una ola enorme. La tripulación lanzó un grito de terror, en tanto que Garry, puesto en el timón, mantuvo el Forward en buena vía a pesar de la espantosa declinación de su rumbo.
Y cuando las miradas azoradas se dirigían a la montaña de hielo, ésta había desaparecido; quedaba el paso libre, y, más allá, un largo canal, alumbrado por los rayos oblicuos del sol, permitía al bergantín proseguir su derrota.

—Y bien, señor Clawbonny —dijo Johnson—, ¿me explicaréis este fenómeno?
—Es muy sencillo, amigo —respondió el doctor—, y se produce con frecuencia. Cuando esas moles flotantes se desprenden unas de otras en la época del deshielo, vagan aislada y perfectamente equilibradas. Pero poco a poco llegan hacia el Sur, donde el agua es relativamente más caliente; su base, sacudida por el choque de otros témpanos, empieza a fundirse, a minarse; llega un momento en que esas moles pierden el centro de gravedad, y entonces se desploman. Si el iceberg hubiese tardado en caer dos minutos más, se hubiera precipitado sobre el bergantín y lo hubiera aplastado.
