Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —Y bien —dijo Wall—, ese capitán quimérico no manifiesta deseos de venir a bordo, de lo que yo concluyo que no vendrá nunca.
—¿Pero cómo ha llegado su carta? —dijo Johnson.
Shandon callaba.
—El señor Wall tiene razón —respondió el doctor, que habÃa cogido la carta y la volvÃa en todas direcciones—; el capitán no vendrá a bordo por una razón.
—¿Por cuál? —preguntó ávidamente Shandon.
—Porque ya está —respondió sencillamente el doctor.
—¡Está ya! —Exclamó Shandon—. ¿Qué queréis decir?
—¿Cómo, de otro modo, explicar la llegada de esta carta…?
Johnson movÃa la cabeza en señal de aprobación.
—¡No es posible que esté aquÃ! —Dijo Shandon con energÃa—. Conozco a todos los individuos de la tripulación; ¿queréis suponer que el capitán se halla entre ellos desde que zarpó el buque? Esto no es posible, os lo repito. No hay uno solo de los tripulantes a quien no haya estado viendo todos los dÃas en Liverpool por espacio de dos años. Vuestra suposición, doctor, es inadmisible.
—¿Entonces cuál admitÃs vos, Shandon?