Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —En fin —repuso James Wall—, volviendo al capitán, si es que tal capitán existe, yo no veo en las costas de Groenlandia más que los establecimientos de Disko o de Uppernawik en que pueda aguardarnos, y, por consiguiente, dentro de algunos dÃas sabremos a qué atenernos.
—Pero —preguntó el doctor a Shandon— ¿no dais a conocer la carta a la tripulación?
—Con el permiso del comandante —respondió Johnson—, yo en su lugar no harÃa semejante disparate.
—¿Y por qué? —preguntó Shandon.
—Porque todo lo que hay aquà de extraordinario y fantástico es muy propio para desalentar a nuestros marineros… Se hallan ya muy inquietos acerca de la suerte de usa expedición que asà se presenta, y si se les induce a lo sobrenatural, los efectos podrÃan ser tan funestos, que en el momento crÃtico no podrÃamos contar con ellos para nada. ¿Qué decÃs a esto, comandante?
—Y a vos, doctor, ¿qué os parece? —preguntó Shandon.
—Me parece —respondió el doctor— que el amigo Johnson discurre con acierto.
—¿Y vos, James?
—Salvo mejor parecer —respondió Wall—, yo me adhiero a la opinión de esos señores.
Shandon se puso a reflexionar algunos instantes, y volvió a leer con atención la carta.