Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Un sombrío silencio acogió aquella lectura; la tripulación se separó entregándose a mil suposiciones; Clifton se dejó arrastrar a todas las divagaciones de su imaginación supersticiosa; la parte que en el acontecimiento atribuyó al perro-capitán fue considerable, y no dejó una sola vez de saludarle cuando por casualidad le encontraba al paso.
—¡Cuando yo os decía —repetía a los marineros— que el tal animalito sabe escribir!
La observación no obtuvo ninguna réplica, y al mismo Bell, el carpintero, le hubiera costado trabajo contradecirle.
Sin embargo, era para todos incontestable que, a falta de capitán, una sombra o su espíritu velaban a bordo, y los más prudentes se guardaron muy bien en lo sucesivo de comunicarse mutuamente sus suposiciones.
El l.° de mayo, al mediodía, la observación dio una latitud de 68° y una longitud de 56° 32′. La temperatura había ascendido, y el termómetro señalaba 25° sobre cero (—4° centígrados).
El doctor pudo recrearse siguiendo las evoluciones de un oso blanco y de dos osos pequeñuelos que recorrían el borde de un pack que prolongaba la tierra; acompañado de Wall y de Simpson, se metió en una lancha para darle caza; pero el animal, de carácter poco belicoso, arrastró rápidamente consigo a su prole, y el doctor tuvo que renunciar a su propósito de perseguirlo.