Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras El doctor quiso también, para completar su instrucción personal, visitar una choza de esquimales. Nadie puede figurarse de lo que es capaz un sabio que quiere saber; afortunadamente, la abertura de aquellas madrigueras era demasiado angosta, y el frenético doctor no pudo pasar por ella. De buena se libró porque no hay nada tan repugnante como aquel hacinamiento de objetos muertos o vivientes, carne de foca o carne de esquimales, pescados podridos y vestidos infectos, que llenan las chozas groenlandesas, sin que haya una ventana para renovar aquel aire irrespirable, y sà solamente un agujero encima de la choza que da paso al humo, pero no permite salir el hedor.

Foker dio estos pormenores al doctor, y el digno sabio maldijo, no obstante, su corpulencia. QuerÃa juzgar por sà mismo aquellas emanaciones sui generis.
—Estoy seguro —dijo— de que un hombre se acostumbra a ellas a la larga.
A la larga pinta con tres palabras al célebre Clawbonny.