Aventuras del capitan Hatteras

Aventuras del capitan Hatteras

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A cosa de las ocho de la noche, Shandon y el doctor, acompañados del marinero Garry, fueron de descubierta en medio de las inmensas llanuras. Procuraron no alejarse demasiado del buque, porque era difícil crearse puntos que pudieran servir de seña en aquellas soledades blancas, cuyo aspecto variaba incesantemente. La refracción producía extraños efectos, que dejaban atónito al doctor. Donde creía que no tenía que dar más de un salto de la longitud de un pie, tenía que darlo de cinco o seis pies, o bien sucedía lo contrario, y en ambos casos era una caída, ya que no peligrosa, muy molesta, contra aquellas llanuras de hielo, duras y aceradas como cristal.

Shandon y sus dos compañeros iban en busca de pasos practicables. A tres millas de distancia del buque pudieron, no sin trabajo, ganar la cima de un iceberg, que mediría unos trescientos pies de altura. Desde allí se extendió su vista por aquel hacinamiento desolado, semejante a las ruinas de una ciudad gigantesca, con sus obeliscos caídos, sus torres derribadas, sus palacios echados abajo como si fuesen de una sola pieza. Un verdadero caos. El sol arrastraba penosamente su carrera alrededor de un horizonte erizado, y lanzaba largos rayos oblicuos de una luz sin calor, como si entre él y aquel triste país se hubiesen interpuesto sustancias atérmicas.

El mar parecía enteramente inmóvil hasta donde podía alcanzar la mirada.


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