Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —¿Cómo pasaremos? —dijo el doctor.
—No lo sé —respondió Shandon—; pero pasaremos, aunque tenga que recurrir a la pólvora para volar esas montañas; no seré yo quien se haga prisionero de los hielos hasta la primavera próxima.
—Sin embargo, no nos sucederÃa más que lo que le sucedió al Fox casi en estos mismos parajes. ¡Bah!, ya pasaremos… con un poco de filosofÃa. Ya veréis, un poco de filosofÃa vale más que todas las máquinas del mundo.
—Preciso es confesar —respondió Shandon— que este año no se presenta bajo favorables auspicios.
—Convenido, Shandon. Y observo que el mar de Baffin tiende a volver al estado en que se hallaba antes de 1817.
—¿Creéis acaso, doctor, que lo que es ahora no ha sido siempre?
—No, mi querido Shandon; de cuando en cuando sobrevienen vastos deshielos repentinos, que no aciertan los sabios a explicarse muy satisfactoriamente. Asà es que este mar permaneció hasta 1817 constantemente obstruido, cuando tuvo efecto un inmenso cataclismo, que arrojó al océano estos icebergs, los cuales en su mayor parte quedaron varados en el banco de Terranova. A partir de aquel momento, la bahÃa de Baffin quedó casi libre, y fue el punto de cita de numerosos balleneros.