Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —¡Cuando pienso —repuso Bolton con un suspiro— que dentro de un mes podrÃamos hallarnos en Liverpool! Salvaremos rápidamente la lÃnea de hielos dirigiéndonos al Sur. El paso del estrecho de Davis quedará abierto a principios de junio, y no tendremos que hacer más que dejarnos llevar al Atlántico a la deriva.
—Sin contar —repuso el prudente Clifton— con que, llevando con nosotros al comandante y obrando bajo su responsabilidad, nuestros sueldos y gratificaciones nos serán puntualmente satisfechos, al paso que si nos volviésemos solos, sabe Dios lo que sucederÃa.
—Bien discurrido —dijo Plever—; ese diablo de Clifton se expresa como un sabio. Procuremos no tener que bregar con esos señores del Almirantazgo. Lo más conveniente y seguro es no abandonar a nadie.
—Pero ¿y si los oficiales se niegan a seguirnos? —repuso Pen, que querÃa arrastrar a sus camaradas al último extremo.
No era fácil contestar a una pregunta tan directa y terminante.
—Allá veremos cuando la ocasión llegue —replicó Bolton—; nos bastará hacer que Ricardo Shandon se adhiera a nuestra causa, y tengo para mà que esto no será difÃcil.
—Alguien hay, sin embargo, a quien yo de buena gana dejarÃa aquà —dijo Pen echando votos y ternos— aunque tuviese que comerme un brazo.