Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —¡Bien pensado! —dijo Clifton.
—¿Os parece bien? —preguntó Pen.
—Perfectamente —respondieron sus camaradas.
—Y es justo —repuso Warren—; porque si hemos de trabajar como lo estamos haciendo y halar el buque a fuerza de brazos, soy de la opinión de que lo halemos hacia atrás.
—El domingo lo veremos —dijo Wolsten.
—No espero más que la orden —repuso Brunton—, y pronto estará caliente la caldera.
—Nosotros mismos la calentaremos —añadió Clifton.
—Si algún oficial —respondió Pen— quiere darse el placer de invernar aquÃ, cúmplase su voluntad y dejémosle tranquilo. No le será difÃcil construirse una choza de hielo para vivir como un verdadero esquimal.
—Nada de eso, Pen —replicó Brunton—; no hemos de abandonar a nadie, ¿lo oÃs todos?, a nadie. Yo creo, además, que el comandante se dará a buenas; me parece que está ya muy preocupado, y proponiéndole bien la cosa…
—No sabemos —repuso Plever—; Ricardo Shandon es hombre duro y tenaz, algunas veces; será menester entrarle con mucha destreza.