Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —La ocasión no puede ser mejor —respondió Clifton—. El comandante no se encuentra a bordo; el teniente duerme en su camarote; la niebla es bastante espesa para que Johnson pueda percibirnos…
—¿Pero el perro…? —exclamó Pen.
—Capitán duerme en este momento junto al pañol del carbón —respondió Clifton—, y si alguno quiere…
—Yo me encargo —respondió Pen con furor.
—¡Cuidado, Pen! Tiene dientes para romper una barra de hierro.
—Si se menea, lo abro en canal —replicó Pen, sacando la navaja.
Y bajó al sollado, seguido de Warren, el cual quiso ayudarle en su empresa.
Muy pronto volvieron los dos cargados con el animal, que tenÃa reciamente atado el hocico y sujetas las patas. Le habÃan sorprendido durmiendo, y el desgraciado perro no pudo escapárseles.
—¡Hurra por Pen! —exclamó Plever.
—¿Y ahora qué vas a hacer de él? —preguntó Clifton.
—Ahogarlo, y si algún dÃa vuelve… —replicó Pen, con una horrible sonrisa de satisfacción.